TRAGEDIA

La venganza, el orgasmo del espíritu

Parí un hijo de tinta Setecientas ochenta y tres páginas, duró mi embarazo, perdí mi inocencia y  la confianza en el ser humano. A través de la venganza, descubrí el orgasmo del espíritu. El odio me tendió un puente de emociones, casi tan placenteras, como el sexo.

L. Simón

           Martín se ofreció a ser mi mecenas en aquella mi primera obra importante. Setecientas ochenta y tres páginas repletas de emociones e historias llenas de vida. Vidas como la mía, jóvenes virginales e inocentes. Mi novela versaba sobre el mundo de las primeros amores, la primera relación sexual y el primer engaño ”irónico”.

           Mi gran profesor se ofreció a ayudarme con mi obra. Él tenía contactos y podría hacer de ella una novela importante. Yo confundí la admiración por él con el amor y le di todo de mí, y cuando digo todo, es todo.

           Casi dos años de encuentros, lo que duró el realizar y corregir mis setecientas ochenta y tres páginas. “Mi primer hijo”, así llamaba Martín a mi novela “La inocencia perdida”.

           Descubrí con él el sexo adulto. Yo solo había salido con un par de chicos en el instituto y con Fran en la universidad, pero poca cosa. Siempre respetaron mi falta de entusiasmo por el sexo y mi exceso de escrúpulos.

      Con Martín fue distinto, me enseñó el mundo del sexo duro, me sentía en el deber de hacer cualquier cosa que él me pidiera. Poco me importaba tener que rebajarme a aquello si, a cambio, podía ver el sueño de mi corta vida hecho realidad.

           Cuando la obra estuvo terminada Martín me llevó a conocer a un importante editor. Me lo presentó una tarde que fuimos a la editorial. Ninguno de los dos paró de regalarme elogios a mis oídos y proyectaban en mi futuro importantes viajes y grandes presentaciones, así como un sinfín de proyectos que tenían para mí.

           Unas horas después, yo les estaba agradeciendo de rodillas o a cuatro patas todos aquellos planes.

           Llegó el día de la presentación. Yo me comía el pelo y las uñas. Todos iban a conocer a “mi primer hijo”. Me sentía grande, importante. Esperé media hora, una hora y hasta tres, allí sola en mi habitación de estudiante.

           Empecé a preocuparme, algo gordo le tenía que haber sucedido a Martín. Cogí un taxi y me dirigí hacia la biblioteca donde se realizaba el evento. Cuando llegué había gente que ya se marchaba, vi al editor y fui tras él. Pero aquel hombre, que tan solo unos días antes me había inundado con su sabia toda mi garganta, parecía no conocerme.

      Entré en un salón y allí una marea de gente se abalanzaba sobre bandejas con aperitivos y bebida. Al fondo descubrí a Martín, vestido elegantemente, no entendí nada.

           Cuando llegué a su altura me miró sorprendido. Me cogió fuertemente del brazo, pero sonriendo hacia la gente, como si no pasara nada y me llevó a otro salón contiguo.

           Aquella habitación estaba llena de sillas y una mesa al fondo soportaba unas cuantas decenas de libros. A un lado de la misma se leía, en un gran cartel:

            “La inocencia perdida”, por Martín Aleonar Santos.

           Caí de rodillas ante él, como tantas veces había estado en aquel tiempo de setecientas ochenta y tres páginas. Me debí de desmayar porque lo siguiente que recuerdo fue estar en mi cuarto, con mi compañera de habitación ofreciéndome una infusión.

           Me entregó una carta que le había dado mi profesor, pero la rompí. Se cayó de golpe la venda de mis ojos y me juré que así sería, “ojo por ojo”.

           Me cambié el color de pelo, me puse sujetador de relleno y ropa de puta.

           Me empecé a pintar como los indios. Acababa de declarar la guerra a un pistolero de las letras.

           Todos sabíamos del coqueteo de Martín júnior con el mundo de las sustancias.

           Me lo llevé a la cama con un par de gramos y le ofrecí todo lo que su padre me había enseñado. A los dos días estaba detrás de mí, como un puto perro.

           Nos fuimos de vacaciones con su grupo, allí todo valía. El consumo de coca, heroína y sustancias psicoactivas era nuestro único entretenimiento. Yo hacía como si consumiese, pero la mayoría de las veces optaba solo por fumar maría y beber. El alcohol era otro de nuestro compañero de juegos. Una noche, Martín júnior me propuso algo que creía que, para mí, era desconocido y acepté. Una coartada no me vendría mal.

           Nos fuimos los tres a la habitación, rellené las copas con vodka, preparé algunas rayas y empezó el juego. Tapé los ojos al amigo de Martín júnior y a este le até en una silla, cerca del espejo rayado, para que disfrutara del espectáculo.

           Con cada lametón a su amigo, Martín se volvía loco, yo me retorcía gimiendo como una perra y su amigo jadeaba sin descanso. Me levantaba y le ofrecía una raya, Martín júnior se la esnifaba con ansia y yo volvía a la cama a follarme a su amigo.

           Martín parecía poseído, botaba de la silla y me suplicaba que le desatase, pero yo me acercaba a él y le ofrecía mis senos bañados en cocaína, los lamía con avaricia.

           Le desaté y comenzó a penetrarme con toda la intensidad de la que era capaz en aquellas circunstancias. A su amigo le metí una bola de opio por el culo y al cabo de un rato empezó a sentir la intensidad de sus efectos. Martín quiso probar y le metí otra. Cogí el cóctel que le había preparado y se lo di a beber, seguimos los tres follando hasta caer reventados.

           A la mañana siguiente Orlando no consiguió despertar a Martín.

           Pocas horas después un policía avisaba a Martín padre de que su hijo había muerto por sobredosis.

           Ahora él también sabía lo que era perder un hijo.

 Esther Lara