TRAGEDIA

Quitameriendas

           El día anterior había llovido y las eras del pueblo, estaban llenas de quitameriendas. Una cuadrilla de mujeres de Argamasilla entre las que me encontraba yo, nos dirigíamos a los celemines de Don Florencio a  espigar. Aquella labor no era gran cosa, pero en casa hacía falta ayuda y en Puertollano se habían pedido jornaleros, y allí estábamos nosotras, dispuestas a trabajar lo que hiciera menester.

           Hacía dos años que había dejado de ser una niña y  aquel día me encontraba yo enterrando en el barbecho uno de mis paños, cuando vi aparecer a Don Florencio acompañado de su hijo Victoriano que sujetaba una tralla con fuerza, y echando una sonrisa maliciosa dijo;

           ¡Pero mira que tenemos aquí, una joven enterrando el fruto de su mozandad! ¡Quién será el zagal que te desflore! Suerte tiene el jodío con una guacha como tu. Victoriano añadió.

           Y con esos muslos padre y esos pechos que parecen dos melones de Castilla.

           El padre se echó a reír y el hijo me guiñó un ojo y me lanzó un beso mientras se frotaba la entrepierna.

           Yo dejé el trapo a medio enterrar y eché a correr hacia el grupo de mujeres que se entrotaban en el rastrojo. Ellas cuando me vieron llegar sofocada y llorosa me preguntaron que me había sucedido y yo lo conté.

           Me avisaron de que tuviera cuidado con Victoriano, corrían rumores poco favorables a su persona.

           ¡Ten cuidado que te ves soltera! Me gritaron las más mayores.

           Cuando llegó el fin de semana todas marchamos al pueblo. A la vuelta, el chirriar de de los ejes del carro adormecían a unos y alentaban a otros a cantar para amortiguar el soniquete.

           Aquel fin de semana salí a pasear con mi prima, como era nuestra costumbre, por la

           Alameda y le conté que había tenido un tropiezo con Victoriano, al mencionar aquel nombre, su cuerpo se puso erguido  como una vara.

           No te acerques a ese chico ¡Nunca te quedes a solas con él! ¡Nunca! ¿Me entiendes? Prométeme que me vas ha hacer caso. Y yo se lo prometí.

           Ella había dejado el campo hacía unos meses atrás, al parecer había cogido la solitaria y a pesar de comer por siete, cada día estaba más delgada. La señora Constanza le había hablado a mi tía de un curandero en Valencia, el señor Vicente, ya que para ella, sanadora del mal de ojo y el empacho, aquello se le escapaba de sus conocimientos.

           Don Vicente le mandó a mi prima comerse un kilo de caramelos justo el día antes de que le visitara y que, por supuesto, no bebiera nada de líquido. Cuando llegamos a casa del curandero, este le hizo sentarse a mi prima enfrente de una palangana llena de agua y le pidió que abriera la boca todo cuanto pudiese y aguantase en esa postura mirando el agua.

           Mi prima obedeció y cuando llevaba un rato lo único que de aquella boca salía era un manantial de saliva. Don Vicente comenzó a desesperarse, pues en teoría lo que tenía que salir era el bicho a beber agua, producto de la sed de los caramelos.

           La ansiada lombriz no salió, solo hubo lágrimas y saliva. El camino de vuelta fue silencioso.

           Mi prima no salía de casa y las pocas visitas que tenía eran la de mi madre y la mía.

           Una noche pasados, unos meses de la visita a Don Vicente, mi tía entró a casa como alma que lleva el diablo y me preguntó por mi madre. Estaba en un duelo y me mandó a buscarla y que fuésemos urgentemente a su casa, pero que de eso no se enterase nadie, fue toda su explicación. Así lo hice y al rato me encontraba yo a los pies de la cama de mi tía, en una habitación casi en penumbra y  con  mi prima apretando la maza del almirez entre los dientes y dispuesta a parir.

           Mi tía cogió a mi madre por los hombros y zarandeándola le susurraba en un grito.

           -Me la han preñao, ¡mira el gusano no era un gusano era un chiquillo! Y la muy zorra no me quiere decir quien es el padre ¡la mato! ¡la mato!

           Mi madre le pidió calma y me mandó a por toallas y agua.

           Cuando llegué de vuelta  a la habitación, el bebé ya asomaba la cabeza, mi madre ayudaba a que saliera y mi prima mordía con tanta rabia, que las lágrimas se le mezclaban con la sangre que salía de entre sus dientes.

           Cuando salió del todo vimos que era un niño, mi madre se lo dio a mi tía y esta le sujetó por las piernas y le puso con la cabeza bocabajo para darle un azote y que rompiera a llorar. Pero el golpe se lo asestó en la nuca como a los conejos y nunca escuchamos su llanto.

           Mi madre de la impresión se cayó sentada al suelo y a mí se desplomó  la cacerola del agua. Mi tía nos miró y agitando al bebé dijo.

           Esto se lo comen hoy los gorrinos, que esos no dejan ni los huesos. Y se encaminó hacia el patio.

           Mi prima nos miró y nosotras a ella. De aquello no se habló más. Nunca.

ESTHER LARA MORATA

3 de noviembre de 2010