DRAMA

La pepina

           Una manada de gatos la seguían. Su silueta mostraba una gran curva, producto de ir arrastrando durante tantos años aquellas pesadas bolsas. Su pelo cenizo y tosco ocultaba un laberinto de arrugas en su rostro. Sus ojos parecían huecos y su sonrisa un pozo.

           Todos los niños en el barrio la tenían miedo. Yo, en cambio, sentía pena. Ya fuera verano o invierno calzaba sandalias. Resaltaba la momificación de sus talones y sus dedos parecían que no acabasen por la prolongación de lo que en otros tiempos fueron uñas.

           Sin embargo, sus manos parecían haberse detenido en el tiempo. Lucía dos anillos de casada, uno junto al otro, en el mismo dedo, yo me fijaba bien, cada vez que me pagaba su compra. Al entrar en la tienda dejaba tras de sí, esperando en la puerta, una alfombra felina. Un kilo de jamón de York era cuanto pedía, solo soltaba las enormes bolsas para pagar. Sacaba de un mandilillo un calcetín con un nudo a modo de cierre, de allí me daba lo suelto, los billetes los guardaba dentro del bozal de sus pechos. Sentía el calor del papel, su mirada me seguía hasta la caja y una sonrisa infinita y oscura era el gesto de despedida. Yo se la devolvía, pero sin enseñarle el marfil de la mía, y le deseaba que tuviese un buen día, mientras le abría la puerta para que pudiese salir.

           El manto de pelo se abría ante ella, como hiciera Moisés con las aguas. Se alejaba arrastrando sus bolsas, seguida de aquella corte gatuna.

           Carolina, mi amiga, decía que su abuelo había visto que “La Pepina” cargaba piedras para espantar a los perros. Paloma decía que le habían contado que llevaba a su marido muerto y por eso olía mal; y Pablo aseguraba que lo que tenían las bolsas eran las crías de los gatos y que por eso la seguían. Una tarde que los niños la insultaron, ella les gritó con aquella boca sin dientes, soltó las bolsas que quedaron custodiadas por los mininos y fue corriendo tras ellos. Yo observaba la escena desde las ventanas de la tienda y ella, cuando volvió a recoger sus bolsas, me saludó sacudiendo su mano como si en otro tiempo hubiese sido una princesa.

           Se corrió el rumor de que estaba loca. Aquella mañana vino como todos los días a por su jamón de York, esperó a que la tienda se quedara vacía y me pidió un favor.

           -Mira bonita -me dijo-, llevo muchos años sola, tantos que creo que nací muerta. Mañana vienen a llevarme a un sitio con muchas rejas, para que los locos no puedan entrar a molestarnos. Allí no dejan pasar a mi familia y yo no les puedo dejar solos -me decía señalando a la alfombra de pelo que había en mi puerta-. Te pido que mientras yo no esté, les des tú de comer.

           Se aflojó la camisa y sacó un fajo cálido de billetes.

           -Toma, con esto tendrás para mucho tiempo. Les encanta tu jamón de York y estas bolsas guárdalas hasta que yo vuelva y si muero antes, las tiras.

           La miré incrédula, no entendía que dejara su tesoro a una niña de catorce años. Como si me hubiese leído el pensamiento, me miró fijamente y dijo.

           -Eres más que una niña y mi tesoro ahora es tuyo -Me besó en la frente con un sonido de ventosa y se marchó.

           Los gatos no la siguieron, hicieron guardia hasta que salí con el ansiado embutido. Una vez hubieron comido, se dispersaron por los callejones del barrio.

           Apenas podía coger las bolsas y decidí vaciarlas poco a poco para transportar mejor la carga. Me temblaba todo, el miedo y la curiosidad jugaban inquietos en mi estómago.

           Abrí las bolsas, un olor a humedad me saludó y ante mí descubrí un mundo lleno de historias, de vivencias, de aventuras. Había estado arrastrando durante años cartas de amor a su marido, diarios, poemas y cuadernos adornados con corazones adolescentes, donde ella escribía cada día cuánto le echaba de menos.

ESTHER LARA MORATA