La noche se vaticinaba fría y larga. La cafetera sonaba desde hacía rato y el olor a café se adueñaba de la estancia.
En aquella época, Mario, vivía por y para su novela. Tanto que parecía viviese dentro de ella. Una pila de libros yacía en un cierto orden caótico sobre la mesa, papeles de diferentes colores sobresalían entre las páginas de aquellos escritos, haciendo una reseña en cada uno de ellos, con una letra prácticamente indescifrable. La falta de armonía entre géneros era notable, lírica, épica y dramática, dormían junto a subgéneros, en lo que parecía una escalinata en constante equilibrio.
Al lado del ordenador las colillas de cigarro colmaban lo que parecía un cenicero, Mario se alimentaba poco y mal. Sus ojos supuraban agotamiento, y sus dientes apretaban entre los labios un cigarro medio apagado. Los dedos se movían hábilmente sobre él teclado amarillento.
Enfrente de su escritorio, prendidos sobre un tablón de corcho abigarrado algunos recortes de papel, donde se hacía mención a varios concursos literarios. Un pequeño calendario marcado con cruces recordaba las fechas.
Sujeto al mismo con chinchetas, fotos de tiempos no demasiado lejanos, Olga su ex, Patricia su amiga de la infancia y Nobel su caniche de pelo rizado, lanoso y color nieve. Aquellos tiempos donde la calma y la rutina acompañaban a Mario día y noche, una rutina que le angustiaba, se sentía enjaulado, perezoso en las tareas diarias. Olga trabajaba en una biblioteca y allí se conocieron. Detrás de aquellas gafas, deslumbraban unos ojos color miel, llenos de sinceridad e inocencia. Mario se quedó prendado de su belleza en el mismo instante que cruzaron sus miradas.
Él nunca había sido un Don Juan pero unas semanas después ya eran pareja oficial. Aurora la madre de Mario, rápidamente acogió a Olga como a uno más de la familia, era la primera chica que el joven traía a su casa, y aquello a la madre le pareció casi la salvación para su hijo.
Mario tenía una conducta muy obsesiva, desde pequeño cualquier cosa que se le metía en la cabeza, la llevaba a los extremos. Cogía todos los tic que en el colegio tuviesen sus compañeros. Según iba llegando la adolescencia, aquello iba empeorando.
Coleccionaba cualquier cosa que saliera en el mercado, fue en aquel entonces que le dio por leer, y decir que quería ser escritor.
Empezó a no salir con los amigos y se pasaba horas y horas muertas en la biblioteca, o frente al ordenador, escribiendo poesías, cuentos o cualquier cosa que se le pasaba por la cabeza. Con dieciséis años se presentó a su primer concurso literario, un gran numero de ellos vendrían después.
Los fracasos los afrontaba de mala manera, se tiraba días sin comer y sin salir de casa. Nunca se sabía que era peor, por que cuando conseguía ser finalista, o sí la crítica le acompañaba, también su actitud cambiaba de una manera automática.
Entonces se dedicaba a recopilar información de libros premiados, vida y milagros de sus autores, e imitaba conductas propias de edades que no eran la suya.
Aurora vivía angustiada con el comportamiento de su hijo, pero poco podía hacer, él padre siempre le disculpaba, diciendo que peor sería estar metido en otras cosas, y con aquella absurda excusa, dejaba a la madre sin argumentos para poder pedir ayuda médica.
Años después ambos se arrepentirían, por que si algo tiene la vida es que no siempre ofrece segundas oportunidades.
Su obsesión se estaba transformando en un mal silencioso, poco a poco le estaba convirtiendo en ser huraño, caótico. El estar con Olga podría hacer que de una manera colateral, Mario restara algo de interés a su frenesí literario.
Con la llegada de la feria del libro, Olga y Mario pasaban largas tardes paseando, entre Kioscos y firmas de libros. Fue por entonces que al joven, le resurgieron sus sueños y con ello la vuelta al encierro, vivía absorto en su novela, aquella actitud le volvió a alejar de la vida social. La calle la pisaba poco, comprar tabaco y algo de alimento era todo su contacto con el exterior. En una visita que le hizo Patricia se llevó a Nobel, él pobre animal prácticamente no veía la luz de la calle y Mario consciente de las necesidades de éste, le pidió a su amiga lo cuidase el tiempo que durara su proyecto.
Por otra parte su relación con Olga también estaba entre paréntesis, un tiempo se dijeron. Unos días atrás esta le llamó y tras preocuparse por como le iban las cosas, le comentó que ella no podía seguir así, necesitaba sentirse libre y decidió apartarse de su vida.
A Mario aquello no quiso que le afectase, necesitaba todas sus energías, prepararse para aquel concurso era su gran reto, su meta.
Varios años atrás había quedado finalista, y aquello le motivó a seguir escribiendo. Se sintió con más fuerza que nunca, la lluvia de ideas era incesante, observaba con detalle cada cosa que pasaba a su alrededor. Se empapaba de las historias que le contaba la gente, vivía como en un sueño perenne, incluso tenía episodios de abstracción tan profundos que dialogaba en voz alta.
Sus padres le dieron un ultimátum, y se marchó a vivir solo, fue por entonces cuando Patricia le regaló a Nobel.
El trabajo de seguridad en una garita, le proporcionaba un buen montón de horas libres para leer, tomaba anotaciones de ideas que le sugerían a su vez ideas propias, buscaba estilos que él no dominaba y los estudiaba con rigor.
Todo con un mismo fin, ganar un premio literario, fantaseaba con la posibilidad de una entrevista, subir a un escenario a recoger su premio, los aplausos, la firma de libros y por supuesto que reconocieran su gran talento y valía, en una crítica que siempre anhelaba a su favor.
Durante aquellos siete intensos meses su novela se fue fraguando complacientemente, Mario se sentía orgulloso y aquello era lo único que le alimentaba. Antes de mandar su obra, le gustaba que varios amigos o colegas la leyesen. Pedía objetividad en la crítica, nada de bálsamos ni palabras bonitas, eso para los noveles. Patricia fue la primera en deleitarse con aquella recién parida obra.
Después le siguieron otros amigos y compañeros de Mario, todos coincidían en lo mismo, era incalificable lo bueno de su contenido.
Mario se sentía tan cerca de su sueño que casi estaba extasiado. Comenzó su carrera hacia la elección de los concursos, unos le parecían de poco renombre, otros los premios eran bajos, fue haciendo una criba exhaustiva hasta que dio con uno que le cuadraba. Mandó aquellos ejemplares como se lo pedían, fue paso a paso concretando todo lo que había que hacer y lo hizo. Por aquellos días volvió a afeitarse, vacío los ceniceros y reorganizó sus libros. Nobel volvió a ocupar el sitio que le correspondía y Mario cocinó. Una mañana, varios meses mas tarde, Mario recibió una llamada. Querían conocer a Mario, necesitaban hacerle una entrevista, había ganado aquel primer premio de veinte mil euros, junto con la publicación de una primera tirada de diez mil ejemplares. Mario corría por su pequeño apartamento llorando, gritando de felicidad y Nobel correteaba a su lado casi consciente de la noticia.
Patricia acompañó a su amigo, la redactora cuando vio a Mario omitió cierto detalle que observó en el muchacho.
Le comentó que la entrevista tendrían que posponerla para otro día, había surgido un contratiempo y no podría realizarse.
A Mario aquello no le importó, eran años esperando, una contrariedad así después de todo lo que había dejado en el camino, no le podría venir ahora a arruinarle la vida.
Dos días después volvió a recibir la llamada esperada, pero en contra de lo que pensaba Mario, no era para citarle a la entrevista.
Le comunicaron que el premio había quedado desierto, por algún error que no podían entender, Mario no debió de leer la letra pequeña de las bases del concurso, en la que ponía -«Para no videntes».
El muchacho colgó el auricular, y pasados unos segundos se arrancó los ojos.