Aquel amanecer fue el más rojo y gris en su alma. Intentó no llorar. “Una reina nunca llora delante de un plebeyo”, se decía a sí misma.
Pero él no era cualquiera, no sería uno más de sus caprichos. Era el deseo, el fuego y la calma, la caricia de las noches y el beso de las mañanas.
Su dulzura y complacencia no era usuales en aquellos tiempos. La guerra, la hambruna, las enfermedades y el frío no dejaban sitio al romance.
Lo único cálido en su reinado eran aquellas sábanas blancas que cada noche eran testigo de la pasión y lujuria que se vivía entre ellas o sobre ellas.
Una mullida almohada servía para ahogar los gemidos de una reina que al final, como mujer, dejaba la corona para calzarse la perversión y vestirse de fulana.
Cumplir sus fantasías con aquel que fuese capaz de ser sometido a su juego era su obsesión y por lo que vivía.
Nunca antes tuvo mejor amante, jamás su cuerpo consiguió retorcerse de placer con sacudidas de látigo y estremecimiento. Con el paso de las horas, el olor a sexo se hacía dueño de la estancia y eclipsaba el aroma a vela que la iniciaba.
Nunca creyó que volvería a sentir todo aquello si él se marchaba.
Pocos días después se reencontró con alguien que la haría retorcerse, gritar y gemir. Él descubrió que, en su ausencia, ella le fue INFIEL.
Los golpes le hacían gritar y el dolor retorcerse tanto que experimentó otra forma de placer: LA MUERTE.
ESTHER LARA MORATA
PREMIO ESCRITURA RÁPIDA CIUDAD DE GETAFE.