– Abu, ¡mira qué uñas más negras traigo!
-¡Concho! ¿y qué has hecho para ponértelas así? ¡Y mira qué morroñas traes en la cara!
– He metido bajo tierra a Hansel y Gretel.
-¡Vaya! pero tú no te preocupes, que los amigos son como un pedo: Detrás de uno viene otro.
-Mamá dice que no quiere más tortugas, que mi cuarto olía a charca y gamba caducá.
-Tu madre y su manía con los olores.
-Mamá dice que hueles a borracha, pero a mí me gusta.
– Dile a tu madre que te he dicho yo que, si quieres que te huela la boca a culo, come por la mañana garbanzos crudos.
– Abu, ¡tú no hueles a culo!
-Por eso, huelo a anís, para no oler a culo, culo, culo -me decía mientras me pellizcaba los mofletes.
Las tardes en casa de mi abuela eran especiales, siempre me preparaba un bocadillo de Nocilla falsa. Ella decía que era la mejor, ponía mantequilla, le echaba por encima un poquito de cacao y lo extendía. Yo me lo comía sin rechistar, los sabores de las meriendas de la abu eran únicos. La tele no funcionaba, así que yo me sentaba frente a la mecedora y la veía tejer, escuchaba cómo el diente bola chocaba con los otros pocos que le quedaban dentro de la boca. Un día se los conté y solo tenía cinco, como mis años.
Una tarde de Nocilla falsa le conté a la abu que, cuando me acordaba de Hansel y Gretel, mis ojos se llenaban de lágrimas y que algunas noches soñaba con aquel agujero tan negro donde los metí, y me meaba en la cama. La abu me miró por encima de sus gafas, paró la mecedora, me aplastó con saliva el flequillo y volviéndose a chupar el dedo, me quitó los restos de Nocilla falsa de los labios. Aquella noche a mamá no le dio tiempo a bañarme y yo me fui a la cama oliendo a anís, era como dormir acompañado. Unas semanas después, tuve que pasar la noche con una amiga de mi abuela que olía a menta. La habitación era fría y las sábanas las sentí mojadas, miré en los cajones y estaban llenos de bolas parecidas a las que abu rechupeteaba. Me llevé una a la boca y la escupí, creo que eran garbanzos crudos porque al rato empecé a oler a culo.
A partir de aquella noche, nunca más volví a dormir en mi cama. La abu me dijo que papá y mamá habían ido a buscar a Hansel y Gretel. Pensé que no tardarían porque papá y mamá se sabían todos los caminos de vuelta. La abuela compró una tele y mientras hacía punto veíamos los toros. Me contó que de joven había sido novia de un torero. Le conté que yo en mi cole también tenía un amigo muy valiente.
-Se llama Germán, abuela. Se saca un ojo, lo coge con los dedos, levanta el brazo y nos mira desde lo alto.
La abuela se echó a reír y se le cayó el diente bola al suelo. Yo lo cogí corriendo y estaba pegajoso, como mi flequillo desde que vivía con la abuela.
Llegó la Navidad y la casa se llenó de flores. Ella estaba acostada dentro de una caja y la abuela que olía a menta me dijo que me despidiera de la abu, porque se iba a buscar a mis padres. Fui corriendo a la cocina. Todo el mundo me miraba, cogí una linterna, me acerqué a la abu y se la guardé en el bolsillo del vestido, le di un beso, pero no me gustó, olía raro. Le debía sangrar la nariz, porque la tenía tapada con los algodones que ella me ponía a mí. Cerraron la caja, nos fuimos hasta un huerto de cruces, la metieron dentro de la tierra, yo miré el agujero, estaba oscuro y era mucho, pero que mucho más hondo que el de Hansel y Gretel, y entonces, con los pantalones empapados en pis y lágrimas en los ojos, le grité:
– Abu, en un bolsillo te he guardado una linterna para que veas bien, que yo creo que mis padres no supieron volver, porque ahí abajo se está muy oscuro. En el otro bolsillo te he echado dientes bola para el camino, yo sé que a ti no te gusta que te huela la boca a culo.
“Culo, culo, culo”, se escuchó desde el fondo. Mi abuela me había oído, ahora podría dormir tranquilo.
Las semanas las pasaba en un colegio lleno de niños. Había mañanas que nos ponían para desayunar unas rosquillas que olían a la abu. Yo me comía una y guardaba otra en el bolsillo de mi babi. Por la noche lo sacaba, lo ponía en la almohada y sentía que no dormía solo. Todos los niños soñaban con que algún día vendrían sus padres a buscarles. Yo, cada noche, pensaba que venía a buscarme la abu. Con su sonrisa me enseñaría su boca vacía de dientes, que extendía sus manos hacia mí y allí estarían, Hansel y Gretel. Me aplastaría el flequillo con saliva, yo le presentaría a Germán, él se sacaría el ojo y a la abuela, de la risa, se le caería el diente bola.
ESTHER LARA MORATA
6 de febrero de 2010