TRAGEDIA

Sin panderetas en navidad

           Cuando llegan los días de Navidad, mi nombre se canturrea en cada villancico de cada casa, Jesús. Jesús. Pero desde hace unos años, cuando llegan esos días ya nada es lo mismo en mi casa. Lo que no entiendo es, si mi padre sabe que a mi hermana Sole las panderetas le dan miedo, ¿por qué las sigue teniendo en casa si solo consigue que, al final, siempre se líe una zapatiesta? Él dice que en Navidad los mercados se llenan y las huchas se vacían.

           A Sole, en cambio, los villancicos le ponen triste y el turrón le produce vinagre. A mí solo me produce vinagre, el vinagre.

           Mi madre en estos días pasa el tiempo canturreando en la cocina y protestando porque no para de fregar, cocinar y gastar. A papá, en cambio, le encanta, es como si estuviese poseído, parece un juglar, cantando y tocando la pandereta.

           Como a Sole las panderetas le dan miedo, riñe a papá, le grita y llora.

           Mamá corre a consolarla y rompe a llorar junto a ella y papá, lanzado como un cohete, busca un sitio donde esconder la pandereta. Es entonces cuando todo empieza a parecer un triste villancico.

           Mamá regaña a papá por sacar la pandereta, él dice que de un año para otro no se acuerda de lo que le hicieron a Sole cuando iba a pedir el aguinaldo con su pandereta; y que Sole ya debería de haberlo superado, con todo el dinero que llevan gastado en psicólogos.

           Colocamos el árbol y ponemos el musgo en el belén, lo regamos y el olor a tierra mojada se mezcla con el aroma a natillas y a pavo guisado que sale de la cocina.

           Mamá llena bandejas con turrones, mazapanes y polvorones. Sonia, nuestra prima, viene a pedir el aguinaldo y nos ruega que la acompañemos Sole y yo.

           Mi hermana rompe de nuevo a llorar y papá corre a quitarle la pandereta a Sonia.

           Mi prima quiere que nos acerquemos con ella a pedirlo por el barrio y mi madre dice que ni hablar.

           Sonia le exige la pandereta a mi padre y él le contesta que ya la ha tirado por la terraza, pero no es verdad, porque yo he visto cómo la guardaba, pero eso Sonia no lo sabe y empieza a llorar. Sole sigue llorado, está que no para y yo me siento raro, con vinagre. Creo que este año también me va a empezar a sentar mal el turrón, como a Sole.

           Papá le dice a mamá que tía Amparo no tiene cabeza y mamá le dice que a la tía seguro que, de un año para otro, también es posible que se le olviden las cosas.

           Cuando mamá coge el teléfono para llamar a tía Amparo, papá se lleva a mi hermana y a Sonia a la cocina a comer natillas.

           Mamá piensa que no la oigo porque se cree que estoy en la cocina y es que, con todo el revuelo, me he metido detrás de las cortinas.

           Escucho cómo mamá grita a la tía y le dice que ya tiene valor de mandar a pedir el aguinaldo a Sonia, que si no recuerda cómo a mi hermana la violaron y perdió las ganas de vivir, que está loca. Pero apenas se la entendía, porque se ahogaba con los mocos y las lágrimas, lo sé, porque a mí también me pasa cuando ella me pega por hacerme todavía pis en la cama.

           Ahora sé que tanto llanto es por eso, por lo de violar, y que mi hermana un día salió a pedir el aguinaldo y perdió su pandereta y una virgen. Volvió con la ropa rota, llorando, llena de arañazos y lo dijo en casa, lo de violar. Yo lo dije en el cole, que no tenía pandereta porque mi hermana la perdió el día que la violaron.  Mi seño me mandó callar y castigó a todos a quedarse en clase y a mí me mandó al pasillo. Y en el pasillo pensé que a mí una vez también puede ser que me violasen. Fue una tarde con la bici de mi primo Paquito, porque no frené y acabé debajo de un coche.

           Me llevó a casa mi tío Paco y llegué igualito a Sole, toda la ropa rota, lleno de arañazos y llorando. Mamá lloró y papá me regañó porque perdí un diente.

           He aprendido que en las violaciones ¡siempre se pierde algo!    

 ESTHER  LARA MORATA