Tomás llegó a la cafetería poco antes de lo acordado. Sabía que podía ser su última oportunidad. Notaba que, poco a poco, aquel ser le iba consumiendo en cada encuentro, en cada despedida. La gabardina dejaba intuir una silueta escuálida, casi mortuoria, temblaba y no solo por el frío y la lluvia, sino por el encuentro con Sammael.
Pidió un coñac que bebió de un trago y se pidió otro. Encendió un cigarrillo, tosió por la falta de costumbre, miró de reojo por la barra y acercó a su copa un cenicero lleno de huesos de aceituna, palillos y pelotitas de papel. Se puso a quemar las bolitas con el cigarro. Ensimismado en su juego, apenas sintió que se acercaba Sammael.
Tomás apreció una enorme mano en el hombro. Este dio un salto y el cigarro cayó entre la montaña de restos del cenicero.
Sintió su aliento a retrete de prisión. La gabardina se le secó. Lo supo, era Sammael.
Tomás sintió el magnetismo de aquella mirada oscura. Por la comisura de los labios de su interlocutor se resbalaba un hilo de algo que percibió viscoso, no solo el aliento era nauseabundo.
Sabía que la información que tenía para Sam no era la más halagüeña, pero apenas había tenido tres semanas para preparar aquel ejército de almas vacías. Tartamudeó a la hora de darle la noticia y sintió cómo su ropa se despegaba de su cuerpo, incluso cómo su correa se aflojó dejando caer su pantalón a la altura de sus rodillas. En aquel momento agradeció haber tomado la medida de ponerse la gabardina, esta tapaba el bochornoso espectáculo que hubiera dado sin ella.
Solo un suspiro de aquel hombre y su cuerpo había sido rebajado a la mitad de cuando llegó. Desde que conoció a Sammael, su cinturón había ido cambiando de punto a pasos agigantados, su vida se consumía en cada encuentro con aquel ser.
Aquella inmensa mano alzó el dedo índice y una cosa le quedó clara a Tomás, solo tenía una noche para conseguir su cometido.
La puerta se cerró y Tomás se bebió de un golpe lo que quedaba en su copa.
Nunca jamás había sido el elegido para una tarea importante, ni en el colegio, ni entre los chicos de su banda, ni en el periódico donde trabajaba; nunca jamás y ahora Sammael había elegido a Tomás para reclutar almas perdidas, desencantadas de la vida.
“Era un buen momento”, le dijo, pero él no tenía valor, ni fuerzas.
Pasó aquella noche y volvió a la cafetería, sabía que no había conseguido su objetivo, solo doce miserables seres renegados de Dios. Eran pocos, pero le pediría unos días más, tenía un plan.
La puerta se abrió y Tomás sintió un reguero de orín por la pernera del pantalón. “Aquel individuo parecía haber crecido”, pensó Tomás, mientras le miraba de arriba abajo tragando la poca saliva que le quedaba, o quizás sea yo el que he encogido, un hombre deja de crecer a cierta edad. Pero aquello no era un hombre. Alargó su mano para estrecharla con su paciente verdugo, y observó cómo aquel apéndice de su brazo perdía el anillo de su dedo, un dedo huesudo, casi inexistente. Se miró la otra mano y comprobó que la muñeca casi estaba sujeta al brazo por una pequeña e insignificante porción de hueso. Se estaba disipando.
Sammael requirió rotundo y desdeñoso saber de los progresos de Tomás. La voz de este sonó como un susurro y dio la noticia: “solo doce”.
Sammael le abrazó y Tomás sintió que todo había pasado, que quizás eran suficientes, tampoco le dijo nunca un número concreto. Su cuerpo empezó a sentirse ágil dentro de aquella ropa. Sus pies ya no apreciaban el frío, sus rodillas dejaron de flojear, la bragueta ni siquiera estaba ya mojada y su pecho gozaba de un profundo bienestar, su garganta ya no la apreciaba seca y con una sonrisa miró a Sammael a los ojos. Aquel individuo le devolvió la mirada y abrió su enorme boca. Tomás sintió descomponérsele las tripas y no solo por el aliento. Allí, en el fondo de aquella garganta, vio seres humanos reducidos, intentando trepar por aquella lengua bífida. Sam siguió abrazándole cada vez más y más fuerte. Tomás no podía desgajarse y sintió cómo se iba reduciendo poco a poco. Primero perdiendo los zapatos y los calcetines, luego el pantalón hasta que, por último, cayó la gabardina al suelo.
ESTHER LARA MORATA
17 de noviembre de 2010