DRAMA

Los abrazos que no me dieron

           La mañana se abrió gris ante un pueblo inundado de corrillos. Los delantales hacían de improvisados moqueros ante la triste noticia. Todo el mundo se apiadaba de ella.

           – ¡Que penita da!

           -Sí, pobrecilla.

           -Y ahora sin su madre, ¿qué va a hacer?

           -Es lo que tiene ser así.

           – ¡Ay, mujer! No hables así de ella, que parece que fuera un monstruo.

           -Un monstruo no, pero a ver quién carga con una niña así.

           -De niña tiene poco ¡eh! Que ya tiene más tetas yo.

           -Para tener más tetas que tú tampoco es que haya que correr mucho.

           Las carcajadas salían despavoridas del corro como brujas en escoba. Aquellas mujeres comenzaron a reír sin medida, unas se llevaban los mandiles a la cara, otras se tapaban a dos manos y las más jóvenes ni una cosa, ni la otra. Doña Juana, que salía en aquel momento del obrador del pan, las miró con el odio chorreando por la comisura de los labios y besando el decenario que portaba en su mano, dijo:

           – ¡Qué vergüenza! ¡Qué poco respeto! Todavía no está fría doña Eduarda y la jarana que traéis.

           -Ya se sabe, doña Juana, que “el muerto a la sepultura y el vivo a la travesura” y que “no hay boda sin llanto, ni duelo sin risas”.

           -No respetáis nada, debería daros pena la pobre Teresita. Ya podíais estar acompañándola y no aquí de palique ¡holgazanas!

           -¡Mira la vieja! ¿No va y se compadece ahora de la Teresita? ¡Pues bien que cuando le quitó usted el marido a doña Eduarda no le dio pena la tontita!

           -¡Eso, eso! ¡que la dejó usted sin padre!

           -Sois unas lagartas y blasfemas -dijo doña Juana, aligerando el paso.

           – ¡Seremos todo eso, sí, pero no unas asesinas! -gritaba una de las mas jóvenes-, que ya se sabe: “las penas no matan, pero ayudan a morir” y eso ha hecho usted, ayudar a morir a la pobre Eduarda.

           Doña Juana, apenas ponía los pies en el suelo, se alejaba flotando en una nube de polvo formada por el trotar de su paso. Una de las mujeres dejó escapar un suspiro, a la vez que dijo:

           -¡Bueno, yo voy a ver a Teresita, la pobre se ha quedado sin su lazarillo y ya se sabe que, además, “madre no hay más que una”!

           – ¡Carajo! -exclamó una-. ¡Cómo estamos hoy con el refranero! Si vamos a un concurso nos echan por avariciosas -El resto de mujeres comenzaron a reír y de aquella forma tan alegremente sonora se disolvió la tertulia.

           La frase “madre no hay más que una” resonó en mi cabeza como un cañonazo y rebotaba de un lado para el otro, como un juego de pinball.

           Suspiré y pensé (o pensé y suspiré, no recuerdo el orden): “madre no hay más que una afortunadamente”.

           Cuando llegué al duelo vi a Teresita vestida de luto riguroso. Aquel color le hacía un flaco favor. Sonreía dejando colgar su lengua y de sus ojos achinados resbalaban lágrimas. Le di un abrazo, noté cómo de su voluminoso pecho salía un latir con gran fuerza.

           Su cara no reflejaba el dolor que su corazón sentía. Me marché.

           Al salir me crucé con ella, me miró con insincera alegría y la saludé con simulada sorpresa.

           – ¿Qué tal hija? -Me besó. Olía a desprecio.

           Solo atiné a decir:

           -Adiós.

           Me alejé arrastrando mi rabia, con el peso del plomo cosido a mis pies y un nudo a modo de gargantilla de esparto en la garganta.

           Vi cómo abrazaba a Teresita. Un abrazo sin palmada, resbalando caricias por su lomo, casi era apreciable cómo chorreaba el cariño, me sorprendí.

           Jamás me abrazó así, jamás sujetó mi cara entre sus manos y ni mirándome a los ojos me demostró cariño. Jamás pasó su mano por mi pelo, ni me colocó el flequillo con la misma paciencia y mimo con que lo hacía ahora con Teresita. ¡Jamás, jamás!

           Lloré. ¡Cuánto sufrimiento nos habríamos ahorrado si la muerta hubiese sido mi madre!

           Teresita estaría feliz y yo aliviada: “¡Qué lástima, pobre Teresita!”

           “¡Qué lástima yo!”, pensé casi en voz alta. Nunca tuve lo que ella tuvo.

           Mi madre solo se dedicó a explotarme de niña, a amenazarme y asustarme de adolescente y a complicarme la vida y reprocharme sus fracasos, cuando fui adulta.

           Descubrí la ternura y aprendí a dar un abrazo con aquella profesora de sociales que, según ella, me quería como a una hija y no soportaba verme con aquella cara de tristeza cada mañana. Y a decir te quiero cuando aquel chico de séptimo curso me lo dijo por primera vez. Sus ojos se cerraron y se acercó a mi boca. Mis piernas tiritaban y mi vientre se encogía. Cerré los ojos y sentí cómo el calor recorría mi cuerpo, primero al paso, luego al trote y al final al galope. Con toda aquella emoción aprendí a recibir y dar cariño. Aquel trueque gratuito me pareció lo más bello que un ser humano puede hacer por otro.

           Solo que, en mi caso, también descubrí que no todos los seres humanos son humanos.

ESTHER LARA MORATA