Apagó el móvil obedeciendo al cartel de la entrada, situado debajo de otro donde se leía: “Pitonisa Nieves Cano”.
Era su primera vez, los malos tiempos le habían llevado hasta la puerta de aquella echadora de cartas. Solo faltaban veinte minutos para la hora convenida.
Cogió una revista, se sentó y hojeó: Recetas para conseguir el amor, ungüentos, milagros para sanar. La dejó. Cogió un folleto: ¿Hay vida después de la muerte? cursos para aprender a vivir con tu espíritu errante, exorcismo etc. Dejó el folleto. Encendió un cigarro; observó la decoración; vio otro cartel y lo apagó.
Se abrió la puerta.
-¿Señorita Lozano?
-Sí.
-Pase, por favor.
El olor a incienso mordía los pulmones. Laura se sentó y la pitonisa comenzó a barajar las cartas. Hizo tres montones: “pasado, presente y futuro”, le dijo.
-Vienes acompañada.
-No he venido sola.
-No te lo pregunto, te digo que vienes acompañada. A tu lado hay una niña, una niña que te sonríe.
– ¿Cómo dice?
-Tienes a tu lado a una persona que te protege, es una niña, pero se la ve feliz. No debes asustarte, es algo más común de lo que tú te imaginas.
Laura dejó el dinero encima de la mesa y se marchó.
Cerró la puerta, las piernas le temblaban y miró a su alrededor.
Recordó las palabras de Pablo, su marido: “No seas tonta, no vayas que esas cosas luego sugestionan”.
“Soy una idiota ¡Lástima de ochenta euros!”, pensó.
Salió a la calle, llamó a un taxi y se marchó de vuelta al trabajo. Al llegar a la oficina vio un montón de notitas pegadas en la pantalla del ordenador.
“Ha llamado Pablo, que dónde estás”, “¡Urgente! Han llamado del colegio”. “Llamar urgente a Pablo”. “Llamar urgente al colegio”.
ESTHER LARA MORATA