MONOLOGO INTERNO

El balón de los deseos

           Tengo un balón en mis manos, es mi caja de los sueños. Su forma hace que circulen libres mientras corro tras él. No quiero castigar a mis sueños en una caja con rincones.

           Matt huele a calle, a hierba, a tierra mojada de la era. Huele a las zapatillas de mi amigo Juan, de Santi, de Tomás y de todos los amigos del barrio. Huele a los guantes del portero del equipo contrario. Huele a cabeza y chichón, a sangre de rodilla.

           Cuando meto gol lo beso, pero no como beso a mamá, ella sabe a protección y a paz. El balón me sabe a triunfo, otras veces a rabia y a suelo.

           Duermo abrazado a él. Le cuento mis ilusiones, mis rabias, mis penas. Un día le conté que le quiero mucho, que no sabría estar sin él, pero que a veces echo de menos otros juguetes. Mi hermana Sole tiene muchas muñecas que le manda mi tía Asunción. Ella no tiene hijas, pero dice que no puede evitar comprarlas y luego se las manda por su cumple, su santo y por Reyes. Ella no sabe que los Reyes son los padres, pero a mí me lo contaron los nuestros, el día que los quité del belén, para ponerlos dentro de la mierda del pañal de Sole. Me parecía lo más justo, ya que a mí nunca me traían nada.

           Lo mejor fue una mañana de Reyes, descubrí un enorme camión de bomberos (años después, cuando todavía conservaba el camión, mi madre me contó que se lo dieron en los Almacenes Arias, después de haber estado medio año pegando cupones hogar en las cartillas para los regalos). Aquella noche le di las gracias a Matt por haber hecho realidad uno de mis sueños. Borré el deseo escrito a bolígrafo azul en una de sus piezas del cuero de su piel. Allí quedaban unos cuantos deseos más.

           El tiempo pasaba y Matt envejecía, le seguía relatando mi vida, se convirtió en mi mejor amigo, mi confidente.

           Le conté que África me parecía la chica más bonita de la clase, que su mirada color ámbar me transportaba a la tierra de su nombre; que sus cuerpos me recordaban a las dunas del desierto y que su boca me parecía el mejor oasis donde un chaval podría saciar su sed. Le narraba cada noche las jugadas del partido con mi gran equipo y lo cerca que me sentía de poder triunfar. Ya no le bajaba a la calle, vivía dentro de mi armario, solo lo sacaba para dormir con él. Me seguía mirando con aquella cara, un poco más pelado, descosido, algo desinflando y con borrones de boli tatuados en su cuero, que le hacían parecer azul. Sentía que la vida se le iba y eso me entristecía.

           África me acompañaba a todos los partidos y conseguí llevar en mi pecho el escudo de mis sueños.

           Aquella noche borré dos de los tres deseos que me quedaban. La presión sobre su piel hizo que se aflojara su cuerpo, temblé, no quería hacerle daño, parecía asfixiarse y no solo porque ya estuviese completamente azul. Busqué en el puzzle de su piel el único tatuaje sin borrar. Allí ponía con letra de niño: “Hoy no quiero ningún deseo, solo quiero darte las gracias por ser mi amigo y pedirte perdón por todas las patadas que te he podido dar”.

           Lloré y lo besé. Me supo a madre.

ESTHER LARA MORATA

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