TRAGEDIA

Hanna y el profesor

           Heidergger sucumbía ante la frescura, el cuerpo y los encantos de aquella universitaria judía, diecisiete años más joven que él. Hanna admiraba al hombre, al filósofo.

           Tener que guardar las apariencias y no poder pasear su amor llevó a la joven a cambiar de universidad. Fue entonces cuando conoció a Husserl, antiguo profesor de Heidergger.

            Al ser Husserl judío, se le había prohibió el uso de la biblioteca de la Universidad de Friburgo de Brisgovia, en razón de las leyes de «limpieza racial» del Partido Nazi, aplicadas en la universidad por Martín Heidergger, su más famoso discípulo.

           Husserl, conocedor de la historia de la pareja y el amor obsesivo que su discípulo nazi procesaba a la joven, vio en esta una oportunidad para castigarle. No sería el único con sed de venganza.

           Hanna y Martín alimentaban con cartas su amor en la distancia. Hasta que un día Elfride, la esposa del profesor Martín Heidergger, las descubrió e hizo todo lo posible para frenar aquello. No descansaría hasta encontrar la forma de evitar esa relación. Fue entonces cuando se interesó por conocer al que, desde la marcha de la joven, pasaría a ser el profesor de la misma. Sabía que Hursserl, o al menos lo intuía, procesaba una gran antipatía hacia su marido por la imposición de aquella ley que, tiempo atrás, le hizo tener que abandonar su claustro en la Universidad de Friburgo.

           La joven, en su soledad, se volcó en la amistad con Husserl y este, por su parte, iba día a día ganándose el afecto de la chica. Su artimaña no era otra que la de ensalzar a su discípulo y eso a ella le hacía cobrar confianza en el viejo. Se ensimismaba con cada adulación a Martín, su amado.

           Una noche que Hanna se resguardaba de un fuerte aguacero a las puertas de la biblioteca, Husserl, que abandonaba en ese momento la universidad, la invitó a subir a su Rumpler para llevarla a su casa. La joven accedió y subió a aquel coche de un azul intenso, un color algo chocante para aquel viejo profesor.

           Ella tenía alquilada una habitación dentro del casco antiguo, junto a la catedral y los  famosos Bächle, pero no tomaron ese camino.

           El profesor cada vez se alejaba más de Friburgo y se dirigía hacia Breisach, una pequeña villa alemana, ubicada a la vera del Rin, en las inmediaciones sureñas de la Selva Negra.

           – ¿Se puede saber dónde me lleva, profesor?

           -Quiero enseñarte algo.

           -Poco vamos a ver. Está lloviendo a mares y la noche es oscura.

           -Lo sé, pero lo bonito está por llegar.

           -Profesor, le ruego que me deje bajar.

           – ¿Estás asustada?

           -No, solo que no entiendo este viaje. Usted solo debía llevarme a casa.

           – ¿Yo debía?

           -Bueno, usted me dijo que me llevaría a casa.

           -Sí, así es. Pero no he dicho cuándo, ni cómo.

           Fue entonces cuando el profesor la agarró por la nuca y, con un golpe seco hacia delante, golpeó su cabeza contra el salpicadero. Volvió a echar hacia atrás la cabeza de la joven y vio cómo un hilo de sangre manaba de su nariz.

           Llegaron a una casita cerca de la Colegiata de San Esteban. El profesor aparcó su coche cerca de la entrada. Arrastró el cuerpo de Hanna hacia la casa. Empapado y lleno de barro lo depositó en el salón. Salió y guardó el coche en lo que parecía un cobertizo.

           Volvió, sentó a la joven en una mecedora, la ató y amordazó.

           Ella empezó a salir de su conmoción, miró a su alrededor y solo vio sábanas tapando los muebles de la casa. Parecían fantasmas inmóviles, deformes, silenciosos, inútiles para prestarle ayuda. El profesor sujetaba con una risa maliciosa una pera vaginal. Ella reconoció aquel instrumento de tortura.  Días antes habían estado en una exposición observando todos aquellos aparejos. Nunca habría podido imaginar en aquella excursión que aquel viejo dulzarrón, que le iba explicando cada uno de aquellos útiles, sostendría entre sus manos uno de ellos y dispuesto a utilizar con ella aquel invento maldito. Intentaba desgajarse sin éxito de sus ataduras. Husserl se acercaba a ella con movimientos felinos.

           – ¿Sabes para qué está destinado esto, preciosa? -le decía mientras balanceaba aquel utensilio-. Mira ¿ves las puntas que sobresalen del extremo de cada segmento? servían para desgarrar mejor el fondo del útero.

           Ella pataleaba sin control, sus ojos escupían miedo y el olor a orina se mezclaba con el ambiente húmedo de la habitación. Notó entonces cómo unas manos suaves, femeninas, le sujetaron fuertemente la cabeza. El calor del aliento de aquella mujer perfumó su cuello y un murmullo entró en su oído en forma de insulto.

           – ¡Zorra!

           Le levantó la cabeza, forzándola de aquel modo a ver más de cerca a su verdugo. Sintió algo punzante en la yugular y otra vez aquel aliento se metió hasta los sesos.

           -Abre bien los ojos o te mato.

           Fue entonces cuando el profesor comenzó a relamerse como una hiena y continuó con su conferencia.

           -Esto, preciosa, se lo metían a las mujeres culpables de tener relaciones con Satanás, o con uno de sus familiares. ¿Tú con quién has estado de los dos? ¿Has visitado el infierno? O acaso ¿te has tirado al burdo de Martín? -Puso una de sus piernas entre las de la joven y con un movimiento seco, hacia un lado y hacia otro, la obligó a abrirse de piernas-. ¡Oh! ¡Pobrecita, si no puede hablar! No importa, no debes asustarte de mí, no te voy a hacer ningún daño, de momento.

           Se acercó a la chica y le asestó un golpe con aquel instrumento de bronce y hierro.

           No sabía cuánto hacía de aquello, solo que un fuerte dolor en la sien le había despertado. Tenía el camisón puesto y las heridas curadas.

           Catherine, su casera, sujetaba una bandeja con cacao y unos bollos. Una sonrisa se dibujó tímida en su cara cuando vio a la joven salir de su somnolencia.

           Antes de que Hanna pudiera preguntar, Catherine empezó a hablar.

           -Hoy, al amanecer, te ha traído a casa una pareja. Él era un señor mayor, ella era algo      más joven. Dicen que te encontraron en los alrededores de la Universidad, tirada, empapada y con todos esos golpes. Seguros de que alguien te atracó, miraron en tu bolso y no tenías nada salvo la documentación y un billete de tren. ¡Pobre! Él sabía dónde vivías porque es tu profesor, el señor Husserl.

           Hanna, al escuchar su nombre, se estremeció y el dolor le volvió punzante a cada golpe de su cuerpo.

           -Y la señora ¿quién era? -preguntó casi en tono de susurro, recordando aquel aliento feroz.

           -No la conozco. Solo me ha dicho que se llamaba Elfride. Elfride Heidergger. Me ha dicho que no olvidara decirte que no hace falta que les agradezcas lo que han hecho hoy por ti. Saben de sobra que les estarás eternamente agradecida; que no olvidara, por favor, darte recuerdos de parte de su esposo. Y esto último me lo ha recalcado un par de veces. Que esperan que tu viaje a Italia sea productivo y que, si algún día vuelves a Alemania, vendrán a hacerte una visita, deseosos de volverte a ver.

           Hanna supo entender lo que, entre líneas, quería decir aquel mensaje.

           – ¡Pero, Hanna! ¡Tú no me habías hablado de ningún viaje! -le dijo mientras le alargaba hacia la cama el billete del tren, que había sacado de su bolso.

           -Lo sé, no me ha dado tiempo, apenas me acababa de enterar.

           -Y ¿cuándo te marchas?

           Hanna desdoblaba el billete del tren buscando una respuesta para Catherine y para ella misma.

           -Mañana, me marcho mañana. Pero antes tengo que despedirme por última vez de una persona -dijo con voz melancólica y dolida.

           – ¡Ay, mi niña! no digas eso de por última vez, que da mal fario. Y con respecto al recado ¿te ha quedado claro? que mira que han hecho mucho hincapié en que me enterara bien de todo ¿eh?

           -Lo he dicho bien. ¡No seas supersticiosa! De una manera o de otra, sé que será nuestra última vez. Y sí, gracias Catherine por el recado, me ha quedado claro, muy claro.

ESTHER  LARA MORATA