ROMÁNTICA

El baile de las chaquetas

           Entró en clase después de mí y colgó su chaqueta roja tres perchas seguidas de donde se encontraba colgada la mía. A la vuelta del recreo procuré entrar después de él y colgué mi chaqueta al lado de la suya. Era lo más cerca que podía estar.

           Las mangas se unían de manera que parecían dos jóvenes de espaldas paseando una tarde de otoño, en un pueblo cualquiera. A sus ojos, yo para él era invisible.

           Solo una vez que me crucé con él conseguí sostenerle la mirada y fue lo más parecido a asomarme al ojo de buey de un barco, no solo por el color de sus ojos, también por el mareo que sentí en el estómago.

           Se acercaban los días de Navidad y todos preparábamos la función para los padres.

           En el reparto de papeles me tocó hacer de Virgen María y a él de San José. Sin duda, uno de mis sueños se iba a cumplir. A él no le vi expresión de alegría. Le miré de reojo y al mirarle me pareció el chico más guapo de clase y del mundo.

           Llegaron las vacaciones y en los primeros días de la vuelta de las mismas, él no asistió a clase. Mi abrigo se veía triste, solo.

           Una mañana, llegó comenzada ya la clase, saludó y nos deseó feliz año a todos.

           Mi abrigo se cayó de la percha, lo recogió y lo colgó. Yo le di las gracias y vi cómo hacía sitio para colgar el suyo al lado del mío; me guiñó un ojo y yo le sonreí.

           Los abrigos volvieron a reencontrarse y a pasear por sus calles de cartulina y acuarelas.

           Acabado octavo curso ambos elegimos institutos diferentes, él incluso cambió de ciudad. Tuvieron que pasar veintidós años para volvernos a tropezar.

           Fue una tarde del mes de octubre, yo esperaba en el mostrador a que me atendiera Irene, la secretaria de mi terapeuta, cuando él llegó, hizo un saludo de cortesía y se situó detrás de mí. Yo sujetaba mi chaqueta entre los brazos mientras estaba hablando con Irene, cuando esta se me cayó al suelo.

           Él se percató de mi torpeza y se apresuró a recogerla. Cuando le di las gracias fue como volver a aquel barco, con su ojo de buey y sus olas que me volteaban las tripas.

           Me sonrió, yo le devolví la sonrisa, el resto del cuerpo me temblaba. Esperaba que se acordara de mí, pero no me dijo nada. Me dio paso y nos dirigimos a la sala de espera, silenciosos. Colgué mi chaqueta en una de aquellas perchas dispuestas para los pacientes y me acomodé en un sillón. Él comenzó a despojarse de su americana, le miré de reojo y me seguía pareciendo el chico más guapo del mundo.

           Se encaminó hacia las perchas y colocó su prenda junto a la mía, me miró y me guiñó un ojo. Yo le sonreí.

           Desde aquel día, decidimos que cada jueves por la tarde nuestras chaquetas bailarían juntas, en una habitación de hotel.

ESTHER LARA MORATA