DRAMA

El sanatorio de los poetas

           ̶ Por favor, quiero pasar.

           ̶ ¿Viene usted a ver a un enfermo?

           ̶  No, señor, necesito ingresar.

           ̶ Perdone, esto no es un hospital, es un manicomio. – Y tras aquellas palabras se cerró la puerta.

           Benito era hombre de constitución débil. Ya desde niño, a su delgadez le acompañaban unas orejas sobresalientes y unos ojos saltones. Él siempre pensó que su físico era consecuencia del maltrato ejercido por su madre. Los golpes en la cabeza le habían hecho salírsele los ojos de las órbitas y los tirones de oreja… ya se sabe. Nunca nadie imaginó que su madre le pudiera pegar, pese a sus gritos de socorro, porque ese era el nombre de ella, Socorro.

           Jamás tuvo suerte con las mujeres. Su esposa valoraba poco su amor por la lectura y su don para escribir bonitas historias y poemas.

            ̶ ¡Tonterías! ¡Vago, que eres un vago! – le decía mientras le rompía sus escritos y le quemaba los libros.

           Él gritaba “Piedad”, pero la gente no podía imaginar su desdicha, aquel era el nombre de la esposa y lo que podía parecer una súplica, era el lamento de un hombre desdichado. 

           Una tarde acudió Benito con su madre y su esposa a un espectáculo en la plaza del pueblo. Mientras ellas buscaban sitio, él fue a comprar pipas para engañar al estómago.

           A la vuelta, como no las encontraba entre el tumulto, comenzó a llamarlas gritando:

            -¡Socorro! ¡Piedad!

           La gente se reía y le empezaron a tachar de loco. Avergonzadas de él, aquella noche le echaron a dormir a la calle.

           ̶̶ Por favor, quiero pasar.

           ̶ ¿Viene usted a ver a un enfermo?

           ̶ No, señor, necesito ingresar.

           ̶ Perdone, esto no es un hospital, es un manicomio. – Y tras aquellas palabras se cerró la puerta.

           Desesperado comenzó a urdir un plan, algo que le hiciera parecer ser un loco.

           ̶ Comeré paja, como las ovejas – pensaba Benito, mientras se hacía hueco en un pajar para pasar la noche entre ellas y resguardarse del frío.

A la mañana siguiente el pastor le echó a la calle y este cambió su comida de paja por flores. Primero probó con las amapolas, pero amargaban, como su vida. Luego probó con las margaritas, pero dejaban la boca áspera, como el carácter de su esposa. En un patio cercano divisó una flor romántica en su aspecto y apetecible por sus colores, eran pensamientos, sin dudarlo los arrancó y fue orgulloso comiéndoselos por todo el pueblo.

           El pastor ya había corrido la voz de que Benito había aparecido dormido en su cuadra.

           Socorro y Piedad habían ido proclamando por los corrillos que Benito las había amenazado con un hacha y ellas, por miedo, no le dejaron entrar aquella noche en la casa. La madre se lamentaba dándose golpes de pecho por el mal que amenazaba a su hijo y por su parte, Piedad relataba una vida llena de desdichas con aquel marido que la pegaba y nunca quiso darle un hijo.

           Aquellas mentiras, cuando llegaron a oídos de Benito, no hicieron otra cosa que alimentar más, si cabía, el deseo de entrar en aquel lugar, donde parecía reinar una paz que él nunca había sentido.

           Estuvo días vagando por las calles, sin asearse y comiendo pensamientos. No tardó su plan en surtir efecto. Unas batas blancas le acompañaron al sanatorio y quedó ingresado. Para no levantar sospecha, leía los libros boca abajo y si alguna monja o cuidadora le preguntaba:

           “Benito ¿qué haces?” – él contestaba – “Comer pensamientos, como pensamientos, como pensamientos” y así se tiraba un rato hasta que la persona se alejaba y seguía leyendo con el libro del revés para no levantar sospecha, técnica que fue perfeccionando con el tiempo.

           Los demás internos le dejaban tranquilo, aterrorizados de que, si le molestaban, Benito se comería sus pensamientos y con ello sus recuerdos y eso les haría quedarse vacíos.

           Se alejaban de él, como si con su sola presencia se pudieran contagiar de un mal que no llegaban a comprender.

           Cuando a Benito se le acercaba alguien un poco más de lo normal, o se le veía intención de intimar más con él, este arrancaba un trozo de hoja del libro y lo masticaba con rabia, formaba una bola y se la tiraba a la persona en cuestión.

           Aquel salía corriendo gritando: “Enfermera, ¡un loco, un loco!”

           En cambio, había un par de residentes, entre ellos su amigo Juan Ramón, con los que le gustaba conversar. No tenía grandes ocasiones ya que estos padecían un cuadro depresivo, con una medicación tan fuerte que les impedía prácticamente el poder hablar. Benito, para provocar en ellos algún tipo de reacción, les hacía aviones de papel que lanzaba sobre ellos y estos recogían con una sonrisa y, si sus fuerzas se lo permitían, se acercaban a Benito. Otras veces, si estos apenas se podían mover, le devolvía el avión a Benito y era este el que se les acercaba. Si, entre tanto, algún otro interno le provocaba la intención de participar en dicho juego, Benito se comía el avión y asunto arreglado.

           De aquella manera consiguió sobrevivir y vivir como él había soñado, leyendo libros y escribiendo cartas, con relatos, poemas y cuentos que mandaba desde el Sanatorio del Rosario, con el nombre de un compañero muy joven al que también le gustaba eso de escribir. Juan Ramón se llamaba el muchacho. De aquella manera se aseguraba que sus creaciones viesen la luz pese a que nunca podría hacer alarde de sus obras y con ello ser reconocido como autor de las mismas. Aquel era el precio que tenía que pagar por su libertad entre rejas. Benito se pasaba largas tardes tras la misma, observando incansable a los que se hacían llamar cuerdos. Aquellas personas paseaban por las calles de un lado para otro, mirando de reojo a los despojados de libertad. El mundo fuera de aquellas rejas parecía más grande y la gente más pequeña. Toda esa sensación variaba según el estado de ánimo de Benito, a veces el mundo era el que parecía pequeño y la gente demasiado grande, incluso aterradora.

           Si observaba bien, había personas que en su mirada llevaban la maldad impresa, otros en cambio dilucidaban bondad a raudales.

            Grupos de muchachos tiraban piedras a la verja para alborotar a los internos, que respondían devolviendo las piedras. Con aquel revuelo las batas blancas se veían obligadas a dar por finalizado el paseo de la tarde.

           Otras madres arrastraban a sus hijos hasta ese otro lado del mundo para amenazarles con que acabarían allí si no obedecían, si no estudiaban, o si simplemente no comían.

           Cada tarde se acercaba al sanatorio una madre con su pequeña. La niña era rubia y tenía los ojos azules vidriosos. Contaba cinco años y se llamaba Marina, al menos eso ponía en un trozo de cartón que colgaba del cuello y decía: “Me llamo Marina, tengo cinco años y me hago pis en la cama”. Aquellos inmensos lagos miraban a Benito aterrados y el vidrio líquido se derramaba por su dulce cara cada vez que su madre le juraba que, si volvía a orinarse otra noche más, la llevaría a vivir con ese señor que estaba loco.

           Benito balanceaba la cabeza con tristeza, a veces no podía creer lo que veía, él estaría loco, pero ella “era una loca”. Entre ser y estar hay una gran diferencia, no solo una enorme verja.

           Cada día los sanitarios contaban por los pasillos historias aterradoras, el mundo estaba loco, el frutero en una apuesta se había comido tres docenas de plátanos y había muerto, una mujer había parido a su octava hija y el marido como quería niño las había matado a las dos, y una niña se había tirado por la ventana de su habitación muriendo en el acto.

           Benito prefería no escuchar. Todo aquello le encrespaba tanto que no podía ni dormir.

           Unos meses más tarde, mirando tras la verja, vio cómo unas batas blancas traían a una nueva interna, era una señora rubia, llevaba la cabeza gacha, se llamaba Eloísa, lo ponía en un trozo de cartón que le colgaba del cuello y decía: “Me llamo Eloísa y maté a mi hija por orinarse en la cama”. Benito balanceo la cabeza con tristeza. Una enfermera se le acercó y le dijo:

           ̶ ¿Qué haces, Benito?

           Este, aferrado a la reja, con los ojos llenos de dolor y una sonrisa cosida al labio, respondió:

           -Comer pensamientos, señorita, comer pensamientos. 

ESTHER LARA