DRAMA

Garbanzos de todos los santos

           Allí estaban todos los santos castigados boca abajo. Jesús de Nazaret, Santa Gema de Galgani, Montserrat, Nuestra Señora del Carmen… hasta contar once. Según los iba poniendo de pie, les suplicaba perdón por la manía de mi padre de ponerlos boca abajo.

           Cuando todos estuvieron levantados y quise salir del cuarto, sentí un aire cálido en la nuca y un susurro que me pedía auxilio.

           -Te olvidas de mí.

           Al escuchar aquella súplica junto a mi oído, no supe si echar a correr o ponerme a llorar. Sin quitar la mano del tirador de la puerta me volví y miré, una por una, las estampas de la cómoda. Todas estaban de pie.

           -Te olvidas de mí -escuché de nuevo.

           Solté el pomo y me tapé la cara con las dos manos. Luego, muy despacio, hice un hueco entre los dedos y miré otra vez hacia el altar. Todas las estampas seguían de pie.

           Cogí todo el aire que pude para envalentonarme y la puerta se cerró de golpe. Del susto, salté hacia la cama y enrollé mi cabeza con la almohada, pero ni con almohada pude dejar de sentir a cada uno de aquellos santos y vírgenes sobre mí.

           Entonces comencé una letanía de súplicas y, al ir nombrándolos uno a uno, me di cuenta de que faltaba él, Jesús de Medinaceli.

           ¡Dios, cómo no me había dado cuenta antes! A pesar del mullido escondite, retiré la almohada de la cara. Las manos me temblaban. Las ganas de mear que se despertaron en mí fueron terribles, pero algo me impedía salir de aquella habitación. Atolondrada, miré entre la ropa, busqué en las sabanas, abrí las cajas de pañuelos, revolví todo y la imagen seguía sin aparecer. El que apareció en la puerta en ese momento fue mi padre.

           – ¿Qué haces aquí a oscuras?

           Mis ganas de orinar se agravaron. Apenas respiraba. Mi padre miró a su alrededor y cuando vio que había levantado las estampas, sus cinco dedos se marcaron en mi cara. Salí corriendo, no solo de aquella habitación, también de la casa. Si mi padre jugaba y perdía, lo mejor era estar lejos, por lo que pudiera pasar.

           Volvimos a encontrarnos a la hora del almuerzo. El silencio solo era roto por el tictac de aquel reloj de pared, heredado generación tras generación, hasta llegar a mi padre. Si yo tuviera poderes haría que se rompiese. Y si lo heredase, lo tiraría. En eso pensé mientras jugueteaba con los garbanzos que quedaban en el plato. Para mi sorpresa, mi madre volvió a rellenar el plato. Sin ningunas ganas de disimular, miré a mi madre con el mismo asco que había mirado a aquellos garbanzos.

           -¿Por qué me echas otro cazo?

           Ella se dio media vuelta y, sin contestar, se marchó con la olla a la cocina.

           -Porque lo digo yo, y punto – contestó mi padre.

           Comencé a ver los garbanzos borrosos. En el reloj, los números bailaban. Miré hacia el pasillo y busqué a mi madre. Había desaparecido. En la cocina todo era silencio. Escuché a mi hermanito llorar desde su cuna. Yo también lloraba, sin hacer ruido, por si me volvían a rellenar de nuevo el plato de garbanzos. Mientras intentaba terminar aquella cantera de legumbre, no dejaba de preguntarme en dónde podía estar aquel santo metido. Esa tarde, en cuanto mi padre se marchase a los recreativos, volvería a buscarlo hasta debajo de las baldosas.

           Pasé la tarde vomitando los dichosos garbanzos. Me sentía igual que las máquinas tragaperras, pero sin música, ni lucecitas. No pude buscar a Jesús de Medinaceli, pero sí le tuve presente en cada visita al baño y le pedí que todo aquello acabara; que mi madre no comprase más garbanzos en su vida; que aquel maldito reloj dejase de dar cada hora y cada media; le pedí que, por favor, se muriese mi padre.

           Abrazada a la porcelana del inodoro sentí otra vez el susurro en mi oído.

           -Ten cuidado con lo que deseas.

           En aquel momento, me creí tan poseída por algo que me desmayé.

           No desperté hasta el día siguiente. Mi madre me dijo que la fiebre me hacía delirar.  Que solo decía: “Sácame del jarrón, sácame del jarrón”.

           Le dije que yo sabía de sobra lo que era aquello y corrí hacia el florero que había encima de la cómoda de mis padres. Saqué las flores incrustadas en aquella arenosa esponjilla verde y allí estaba él.

           Limpié la postal con el pico de mi bata y le besé. Por un momento creí que me devolvía una sonrisa, pero en su cara solo había tristeza. En ese momento, cuando el maldito reloj repetía las campanadas de las once, se escuchó un gran ruido en el salón. Clavé las flores en la esponjilla y a Jesús lo metí en un bolsillo.

           Salí para ver qué había pasado. Mi alegría fue inmensa cuando descubrí que el reloj de pared estaba hecho añicos. Mi padre lloraba sujetando en su mano al pajarito de madera con ojos de plástico que salía a fastidiar cada hora y cada media. Se había quedado sin pico y estaba hecho una birria. Y, aunque me alegré, puse cara de pena, como Jesús de Medinaceli.

ESTHER LARA MORATA